martes, 13 de agosto de 2013

Sufismo sin conversiones - Halil Bárcena



Una de las preguntas más frecuentes que nos plantean nuestros amigos y lectores gira en torno a la necesidad o no de profesar la fe islámica para iniciarse en la senda sufí.

En palabras más llanas, si es preciso convertirse al islam para, dicho vulgarmente, acceder al sufismo.

Vamos a tratar de arrojar un poquito de luz al respecto y zanjar de una vez por todas algunas cuestiones que, aunque innecesarias e incluso improcedentes, colapsan y preocupan a algunos buscadores.



En primer lugar, habría que darse cuenta que dicha pregunta es una pregunta propia de los tiempos un tanto revueltos que corren, puesto que siglos atrás, en los que geografía y religión coincidían, plantearse algo por el estilo era inconcebible. 

No digo con ello que cualquier tiempo pasado fuese mejor; afirmno, solamente, qjue hoy nos planteamos cosas que nuestros antepasados no tuvieron la necesidad de plantearse o, al menos, no como lo hacemos nosostros hoy. 

Por consiguiente, habrá que partir del hecho incontestable, no asumido del todo por algunocs, que dichos dilemas nos acucian hoy dada la naturaleza especial de los tiempos que corren. 

No vivimos una época de cambios, sino un verdadero cambio de época, que afecta sobre manera a la religión y su proyección en el mundo. 

No tomar en consideración dicho cambio epocal tan radical y apresurarse a responder afirmativamente a la cuestión que aquí nos planteamos -¿es preciso convertirse al islam para acceder al sufismo?- supone, y perdón por la expresión, no saber por donde está pegando el viento en las modernas sociedades de conocimiento. Y hay quien, en efecto, no sabe de dónde soplan los vientos hoy. 

Con todo, vaya por delante nuestro máximo respeto por aquellas opciones personales que han hallado en la conversión un sentido a la vida. Sin embargo, habrá que convenir que no dejan de ser eso, opciones personales, muy minoritarias, y, además, difícilmente asumibles por la mayoría de personas de nuestro entorno cultural, que, aun viviendo una profunda y sincera inquietud espiritual, sienten como intolerable tener que someterse a formas religiosas exóticas, cuyo aparato mítico las aleja de la sensibilidad mayoritariamente laica de nuestro ámbito cultural.


Pero, más allá del despiste de cada cual y de las opciones personales (insisto, todas ellas respetables, aunque no las compartimos), lo cierto es que el abanico de respuestas a la pregunta de si es preciso pasar formalmente o no por el islam para acceder al sufismo es harto variado, desde las posiciones más tradicionales que anteponen la conversión a cualquier iniciación sufí, a las más lights y desislamizadas, a la manera de los hermanos de origen afgano Shah, Idries y Omar Alí, que ni tan solo plantean que islam y sufismo tengan algo a ver (tampoco el sufismo heredero del indio Hazrat Inayat Jân lo plantea); pasando por toda clase de fórmulas intermedias. 

No es este el momento de hacerlo, pero resulta muy interesante la evolución que está experimentado en occidente la tarîqa nematollâhi, iraní de nacimiento y shií en cuanto a su sensibilidad espiritual original, que está reivindicando cada vez más el componente persa de sus orígenes y de su espiritualidad, subrayando la continuidad existente entre la vieja espiritualidad persa preislámica y el sufismo, tal como lo conocemos históricamente. 

Dicho de otro modo, los nematollâhis de hoy, sobre todo los seguidores del Dr. Javad Nurbakhsh anteponen las raíces persas del sufismo, al menos de su lectura específica del sufismo, a los vínculos, innegables con el islam. De tal manera, que tampoco aquí la aceptación del islam tenga un valor especial. 

Pero, insisto, se trata de una de las evoluciones más serias y espiritualmente potentes que el sufismo está experimentando en estos primeros compases del siglo XXI. 

Sea como fuere, la cuestión merecería otros muchos comentarios sobre temas que, si bien son colaterales, no dejan de tener su interés. 

Así, resulta curiosa la insistencia que desde ciertos círculos de la islamología cristiana se hace en la necesidad de pasar por el islam para saborear el sufismo, algo así como si agitaran el espantajo del islam, hoy tan injustamente denostado, para hacer desertar a posibles aspirabtes a buscadores sufíes. 

En eso no se diferencian mucho de aquellos musulmanes recalcitrantes, ya sean conservadores o progresistas (¡que también lo son!), que a base de subrayar lo formal matan todo aliento de espiritualidad real y viva.


De cualquier manera, quiero traer aquí el caso de Henry Corbin, que no es un don nadie, por cierto, pues es bien ilustrativo del punto de vista que aquí tratamos de exponer. En primer lugar, citamos in extenso unas declaraciones del añorado islamólogo francés, estudioso apasionado y defensor infatigable de la gnosis shií y el sufismo iranio: 

"... Recuerdo que en el curso de un coloquio internacional, hace una veintena de años, un colega de un país lejano, al oírme hablar de chiismo en los términos en que suelo hacerlo, cuchicheó a su vecino: "¿Cómo puede hablar de ese modo de una religión que no es la suya?". 

Pero, ¿qué es "hacer mía" una religión o una filosofía? Por desgracia, hay quienes no pueden pensar más que en términos de "conversión", lo que les permite adherir a tu persona una etiqueta colectiva. No. 

Hablar de "conversión" es no haber comprendido nada de lo que es el "esoterismo". 

Un filósofo sabe muy bien que ser platónico no es inscribirse en una iglesia platónica, y menos todavía verse impedido a ser también alguna otra cosa distinta a platónico. 

El 'ârif [gnóstico], de Oriente o de Occidente, no puede pensar y pesar las cosas más que en términos de interioridad e interiorización, lo que significa hacer en sí mismo una morada permanente a las filosofías y religiones a que le conduce su búsqueda. Y no puede sino guardar su secreto: Secretum meum mihi, el secreto del castillo del alma. 

No es de una opción exterior de orden sociológico donde se manifiesta exteriormente esta profunda realidad interior; es en la obra personal que produce, y en cuya exteriorización concurren todos los modos de ser vividos. 

La comunidad, la umma, de los esoteristas de todas partes y de siempre, es esta "iglesia interior" que no impone ningún acto de pertenencia para formar parte de ella...".

 
Hablar de conversión es, como sostiene sin tapujos Corbin, haber entendido poco, muy poco, casi nada, del esoterismo o, si se prefiere otra expresión menos esotérica, de la mística o alta espiritualidad.

Por otro lado, con estas palabras del propio iranólogo francés se desmiente su supuesta conversión a la shía, tal como se recoge en un, cuando menos, imaginativo artículo, "Corbin y el islam: ¿erudición o vivencia?", de un tal Lic. Manuel Loosveldt, recogido en el nº 8 de la revista El mensaje de Az-Zaqalain (1997).

Y para acabar, y ya que estamos con Corbin, autor por quien sentimos un enorme aprecio, recuerdo una velada entrañable con Raimon Panikkar en su casa de Tavertet, en la que no faltó ni buen vino alemán ni música sufí de ney, en la que el filósofo catalán evocó su recuerdo del islamólogo francés, a quien había conocido en los encuentros anuales del Círculo de Eranos. Panikkar dijo de él que se trataba de todo un verdadero gentleman; yo pensé que quería decir un caballero.

Seguro que a Corbin le hubiese agradado ser recordado como un javânmardí, esto es, un caballero de la vieja caballería espiritual persa, fuente de la que brota el ser del sufismo iranio.
________________________________________________________________________
Extraído de: http://instituto-sufi.blogspot.com.ar/2010/10/sufismo-sin-conversiones.html
________________________________________________________________________
.